Caja Negra: Bitácora de la prisión del mar I (La larga espera)

Escrito por: - 01 de junio de 2022
Caja Negra: Bitácora de la prisión del mar I (La larga espera)

1

Y entonces me senté ante la inmensidad, intentando desgarrar los vacíos del desamor. Esperanzado y semi oculto dentro de mí mismo para no ser detectado en las absurdas noches del alma. Fue un deseo, una intención sin sentido, una calma dibujada trazando los designios de otra sobrevivencia, una sobrevivencia del sentido y no del alma, porque mi alma estaba agotada, porque lo que quedaba de mí era sólo rastro, una sombra, una penumbra de lo que había naufragado.

Me dejé llevar por continentes sin habla. Me tomé la mano para llevarme sin dirección con la utilidad de las cosas banas, encontrando el mar, adentrándome en su filosofía.

Estudiar los rasgos fundamentales de su convicción, la razón de su fortaleza para ver si algo pudiera adquirir luego de una larga observación.

Pero de tanta muerte a cuestas, de tanto cargar los cadáveres y las manos suplicantes de los otros, me quedé vacío, sin habla, sin pensamiento, lejos de mí, lejos de todo.

Simplemente, encontrar el mar como quien ve un faro, como una novia insustituible, como un amor reasignado por las estrellas, dejándose llevar por su inmensa incomprensión.

Porque de la incomprensión nacería un nuevo amor, se crearía la verdadera paz de los viejos estandartes y de las banderas ondeadas en guerras antiguas, en batallas perdidas, en calabozos del tiempo que la memoria humana no entendería.

Y así fui entendiendo y escuchando su silencio, creyendo caer en las grasosas manos de la locura. Viendo naves que ya no estaban. Barcos destruidos y hundidos por tormentas impetuosas y salvajes, voces de otras edades, imágenes del pasado hablando idiomas olvidados, jergas de los regimientos, verbos, hospitales perdidos por soldados semi muertos flotando en la soledad de las trincheras.

Y así me senté frente a tu inmensidad perdida. Frente a tus brazos que fuiste dibujando en mi reasignado papel de vivo en la nueva ruleta rusa de seis tiros. Me senté frente a tu salinidad, frente a tu rostro moldeado por mareas. Esperando simplemente que aceptaras mis devociones de primavera, mis hojas de otoño muerto y vientos de tierras perdidas.

Aprendí arameo para comunicarme con tus antiguos naufragios y que pudieras relatarme los secretos que llevas en ti, las palabras salinas olvidadas por tu memoria, las olas que no llevaste para determinar las orillas. Para que en ese leve intento de comunicarme contigo me pudieras dar un artículo de entendimiento, una gota de lluvia, una dádiva de amor.

Decirte y narrarte mis aventuras, mis desprecios, mis carencias, las cosas que no llegue a realizar, pero que fueron parte de mi imaginario. Que fui prostituta negra en Soweto utilizada por traficantes de armas. Que nací cien veces en el mismo cuerpo encarcelado. Que vi hombres arder por la boca y que las largas noches sin ti fueron un desgarro.

Hablarte de mis lágrimas que caían por ti y por mí en los inviernos del alma. Y que mientras fui mujer me arrogué la distancia para extrañarte y que cuando fui hombre me di la posibilidad de entenderte, intentar entender tu silencio, tu inefable silencio que agobia los días, los meses, los años y los siglos que nos separaron.

Sin ti fui apenas un rostro en la memoria ataviada.

2

De como me encontré con tu sombra encarcelada son las cosas que necesitaba narrarte con urgencia. Con urgencia y desvelo insoportable. Porque no puedo tenerte sino tan sólo escuchando tu voz de ballena sangrante. Como las ballenas que me mostraste mientras cruzaba los continentes por ti, las ballenas saltantes de Los Cabos Baja California. Que tan hermosamente las hiciste volar, mientras yo bebía tequila barato en las arenas de tu antebrazo.

Así es, bebí tanto que mi cuerpo se convirtió en las barricas de viejos barcos piratas haciendo la ruta de los sublevados. Y te lo narro a ti que eres la terapia de mi corazón que mil apóstoles no pudieron arreglar en hospicios desérticos.

Porque sí, yo te estaba esperando de milenio en milenio mientras renacía de la carne putrefacta que dejaban los guardias luego de sus apariciones nocturnas.

Ese día en que develaste las ballenas frente a mi entendí que era un juego que hacías conmigo y que las ballenas eran las notas musicales en el horizonte de tu pentagrama. Hacías sonar el viento con la caída de tus ballenas.

Y es que mi irrenunciable amor por ti nunca cesó su potencia, nunca dejó su intranquila serenidad de esperanza. Y soñaba contigo sabiéndote tan lejana, sabiéndote que mi amor a ti era sólo la forma que la vida seguía su curso. Y te dibujé en mi pensamiento como si fuera un artista del sinsentido, dibujé tu sombra en los muros de la celda, como si en ese acto fuera grabando los días que se me fueron sin ti.

 3

Y llegó el día de la redención donde la lenta espera y la larga noche salía de su confinamiento. Aquel día intenté verte desde el cielo, pero ya no veía como antes y entre el sudor y miedo de mis manos vacías y llenas de pólvora solamente quedaba la espera.

La esperanza de verte surgió como una determinación ineludible como una verdad develada por el viento. Entonces me dejé llevar por los deltas del destino con la única alegría de ver tu horizonte.

Y entonces después de mucho andar y recorrer la tierra me quedé en silencio. Y una tarde de primavera cuando ya todo o nada tenía sentido un murmullo se acercó a mis oídos; una suave e insistente vibración de dolor, un canto de auxilio ya escuchado en otras eras en otras épocas y tiempos pero que habían quedado grabados a fuego en mi memoria sonora. Era un canto de encierro del condenado, la sutil insistencia de un imperio derrotado.

Y así recostado en tu rostro de Pacífico crucé tu espalda Atlántica descansando en tu densidad Mediterránea dejando todo atrás sin mirar el camino recorrido.

Había que seguir sin mirar atrás aunque la lluvia siempre cayó al momento de tu recuerdo. Seguía escuchando tu voz de mar prisionero, imaginando tu calabozo sintiendo tu intención de salir sin saber cómo ni cuando.

Hasta que encontré tu vasta cárcel frente al Cantábrico y supe que de ahí venía tu lamento, de ahí venía tu llanto de potencia encerrada.

 4

Y tras esto me quedé pensando ya no desde la palabra, sino que desde la memoria y como se entrecruzan memoria imagen y palabra. Caminé kilómetros en la Riviera costera del País Vasco, por donde los Várdulos hacían sus rituales iniciáticos habitando los dólmenes que lentamente construyeron. Y así cruzando entre tribus innombrables, sectas religiosas ofreciendo a sus dioses, mujeres desnudas sobre los rieles de abandonados recorridos ferroviarios.

Recorrí rutas de santos que al caer la noche gemían por sus pecados humanos golpeándose la cabeza sobre las vetustas coníferas. Me encontré con peregrinos de la tierra en busca de la redención de tanta sangre derramada.

Pero descansado y esperanzado de ti, sólo buscaba la nominación del camino que me llevaría a tu encierro. Y en mi delirio fugitivo hablé con animales sacados de novelas fantásticas para encontrar la cárcel del mar, el origen de ese lamento que resonaba en mi memoria. Y de tanto camino la encontré una tarde del 5 de septiembre de algún año irrecordable, un año fuera de las literalizaciones del tiempo, fuera de los relojes.

Sentado en una ladera y rodeado de corderos ordenados mirándome como pidiéndome una explicación de mi presencia únicamente enfoqué los ojos en su perfil sonoro. La había encontrado, había llegado al origen del lamento marino.

Pensé narrar su intención de energía marina, la razón fundamental de encarcelamiento pero una vez lejos de ella y aún escuchando sus lamentos en mi memoria la comencé a narrar e invocar desde la figura de la prisión.

Así fue que desde que me encontré con esa gran penitenciaria marina abandonada, mi desasosiego fue la razón de mi esperanza. Fue tal la magnificencia de su arquitectura oceánica punitiva que no pude dejar de pensar en ella y lo que pudiera significar en el imaginario visual y retórico que una estructura deja.

Cuando la recorrí flotando pasivamente frente al Cantábrico nada más sentía la fuerza de su aullido de mar prisionero. Tras las enormes esclusas de esta Hidroturbina abandonada me imaginé el sentido de su construcción. Me recordó viejas casonas donde habité por mucho tiempo. Una solidaridad memorial me recorrió el cuerpo mientras la descubría serenamente. Mi primer impulso visual fue asediarla mediante la imagen y la palabra.

Me interesó hablar con ella y sentí que ese primer encuentro nada más sería el inicio de un largo proceso de amor y reflexión con sus escaleras y desniveles, sus extensos pasillos que unían la tierra el mar y el encierro del mismo. Una paz de cementerio se respiraba mientras ciertos hombres y mujeres se entregaban al tiempo de la visita reglamentaria.

La hidroturbina de Mutriku, poblado incierto de biografía dudosa y tradición ballenera desde casi sus inicios. La enorme penitenciaría marina yace abandonada como un cadáver de ballena enmudecida, permanece quieta e inmóvil frente a los oleajes dejando penetrar la incuestionable marea que atrapa.

Y cuando el mar fue encarcelado comenzó su aullido y lamento de prisionero. La Hidroturbina de Mutriku se deja visitar y deja visitar la pena del océano secuestrado.

Tiene como celador enorme tras sus espaldas el monte Arno, pieza inamovible de caliza que se convierte en su carcelero iracundo por los inviernos interrumpidos de Mutriku. Nación de costas acantiladas que deja ver el perfil del océano como si fuera una vasta sensación de olvidos. Su origen es esquivo para los sabios de la historia y las memorias reconstruidas a base de dichos y rastros, pequeñas hojas que les permiten hipnotizar el origen de las cosas y las geografías. Dibujar a mano alzada los comienzos de algo junto a los destinos. Pero apenas son datos, informaciones parceladas, piedras lanzadas al mar esperando la respuesta de sus ondas marinas, ecos de sí mismos. Mutriku fundada en 1209 por herederos de la pre romanidad de Tritum Tuboricum, antigua geografías de espadas y caliza. Tal vez en esa historia se podrían encontrar los vestigios de razones y hechos, premisas para comprender la necesidad del encierro, la vital sustancia del aislamiento.

Lo que nos deja apenas son los ecos resonantes en lo alto de Moriku que provienen de ese lamento marino que nos retrotrae a la eterna pena del mundo. Por lo pronto sólo me quedo desolado escuchando su canto intentado ver sus ojos a través de las pequeñas esclusas y tratar de tocar las ondas de ese canto que llegan a lo más profundo del alma…

De tiempo en tiempo el encarcelado se deja ver…