Caja Negra: La memoria de sí

Escrito por: - 19 de abril de 2022
Caja Negra: La memoria de sí

Caja Negra

La memoria de sí

I

¿Al final de la ruta cuánto es lo que queda de cada uno de nosotros? ¿Cuánto dejamos en los otros, en sus memorias acotadas por hechos y accidentes, en las pieles reposadas por el sol y las lluvias? ¿Qué marcas y huellas olvidamos en el largo recorrido de la vitalidad propia? Una larga cadena de desencuentro, una estela infinita de rechazos y aceptaciones, un largo estante donde quedaron las cosas no hechas y no dichas, lo realizado por el azar y la casualidad, lo efectuado con valor y voluntad. El resumen de cada vida está en el final del camino, en el borde de la ruta que nos conduce al silencio y la desmemoria de nuestra épica saga de vivir. 

Si la vida nos permite morir de cansancio y en silencio, quedaremos expuestos a la memoria, a la reconstitución del camino, a la recopilación de los detalles que nos hicieron ser quienes fuimos. Un laborioso acto de rearmar trazo a trazo, día tras día, las pequeñas y enormes verdades a las que fuimos expuestos en la vida, los grandes surcos que debimos rellenar con materia desconocida y a ciegas. Incluso, esos enormes destellos de luz que no supimos interpretar y que tan sólo nos dejamos abrazar por su calidez y su inaudita esperanza de que siempre sería de esa forma y que ninguna forma de ausencia, desespero, desvelo, volvería a retomar el control, como en una batalla que jamás se gana o se pierde estando siempre en un límite, en una delgada valla que apenas sostiene el sentido inconcluso de aquello que sentimos como real. 

En el borde terminamos rellenando aquellas zonas de nosotros que la memoria ya no es capaz de articular en un todo coherente y rellenamos con aquello que no pudimos lograr; la materia del anhelo es lo que al final constituye los espacios vacíos de nuestro camino… Nuestra narrativa de muerte es la alegre caminata de la ilusión.

Vejez, muerte y borde de existencia. 

Retorno al origen, al silencio, a la posible reconstitución de nuestras vidas mediante la memoria, los objetos, emociones, amores y desamores, olvidos y ausencias sobre los surcos del tacto y los sentidos ya acabados por el tiempo. Recuperarnos en un instante, recobrarnos en las sombras de los árboles que vimos partir en medio de los inviernos, huellas, marcas en el corazón infinito de la vida, una carretera labrada con la inseguridad del desconocimiento con los desbordes de la sin razón con la meditabunda desesperación de no saber que hacer, cuando no hay nada que hacer. En fin, deslindes de la carretera. La verdad nunca supimos el camino, nunca comprendimos eso de la dirección y vagamos desvelados ausentes en las riveras de las sonrisas y alientos que emanaron de los otros… ¿Reconocimiento de una colectividad? ¿Reconocimiento de nuestra existencia en los otros y de los otros? 

Entonces la Memoria de Sí fue un artilugio o, mejor aún, fue una memoria de los objetos que transitamos, objetos perdidos, objetos usados y desarmados por el tiempo de su inocente presencia ante nosotros… Objetos que fueron desapareciendo, pero a la vez guardando una ración de nosotros en él. El envejecimiento es la causa del olvido y el olvido es la causa del envejecimiento cuando la memoria de los hechos depositada sobre los objetos se superpone a la propia capacidad de relacionarlos. Recobrar de nosotros una imagen, una rozadura de materia, el color de un sentimiento tan vago que deja de serlo…

Y así, tras caminar y caminar llegamos o al fin inmediato o a la última Epifanía lenta y pausada del deceso paulatino en la última casa que habitaremos. Depositados ahí como estandartes del recuerdo y del fin de un viaje largo, el último descanso antes de cerrar los ojos y apagar los vestigios de la memoria que nos hicieron ser quienes fuimos.

Los objetos de nuestra periferia, las cosas en cuya superficies dejamos grabado el tiempo y el amor, la despedida y la pérdida la pasión, el agrio camino del desamor, las cosas que utilizamos y vestimos, lo que mirábamos cada día desde nuestro nacer. Todo aquello que nos rodeaba mientras nos mirábamos crecer incluso frente a ese espejo, a esa luz, a esa tarde que conformó nuestra vida. En todo aquello quedamos, algo dejamos en ellos, una impronta. Y las posteriores lecturas e interpretaciones de cada vida singular y del mundo serán a partir del adentramiento en los objetos utilizados, los objetos creados, materia al fin, cosas escritas e inscritas, el arte de la perpetuidad, arte de no morir en el tiempo, técnica de no desaparecer del relato del mundo y siendo leídos por otros en un acto sublime de amor y pertenencia.

La encarnación de la memoria en Cécilien Arnaud

II

Pensamientos aislados y aleatorios, mientras el destino de la luz del día va bajando. Encuentro una puerta abierta, la puerta de una casa de ancianos y sin pensar la cruzo. Sin ninguna razón, sin motivo más que las palabras anteriores intentando que esas palabras escritas tengan un reflejo en la carne humana. Tal vez el simple deseo de hacer coherencia entre palabra y realidad o más bien un acto de pura intrascendencia que permite lograr un sentido. 

No veo detenciones de verificación, ni nada. A pasos de una gran salón donde estaban todos ellos, silenciosos y de miradas perdidas, sin destino, como flotando en una conclusión antes tomada, ni siquiera por ellos mismos. Absortos en sus puestos como soldados disciplinados antes de la última ofensiva, silenciosos como niños regañados, sentados y ordenados esperando el paso del tiempo, tomando la incalculable distancia entre ellos y la eternidad discontinua. 

París extramuros se deja caer como un fantasma aniquilando todo glamour consabido y mal ejercitado. París extramuros es la ciudad desierta, la periferia del abandono y el silencio, la región donde el gris silencio se apodera de los muros que la separan de ella misma.

La arquitectura del último suspiro descansa en las afueras de París en sus periferias y burgos, en sus sombras donde no muestra el deceso final, cárceles y hospicios, la morada del moribundo consciente.

Pensar la Memoria De Sí me acercó a Cécilien Arnaud, sentado y pasivo, como flotando, en un suspenso sin saber la determinación del tiempo. Cécilien sonríe siempre como si nada hubiera sucedido y nada pasara. Cécilien Arnaud vive lo que le queda, la memoria apenas reconocida, apenas articulada en colores y olores, apenas releída para obtener un sentimiento de aquello que fue. Sus ojos y sonrisa divagan, a veces perdiéndose en sí mismas, confundiendo mirada, risa, sonrisa y sentimiento. Cécilien a veces, en lo poco que logré leerlo, se me convirtió en un enigma, un arcano indescifrable, pero algo había en sus ojos conjugados con su risa, en su pelo enjuto, en la puntiaguda nariz que seguro olió los filos del universo, a una especie de conspirativa ausencia del medio, y que, Cécilien estaba viviendo en dos dimensiones, la de su presente como carnero del espectáculo moderno y su memoria que lo hacía vivir en forma paralela.

Cécilien jamás me vio, jamas vio mi sombra, ni siquiera volteó en un acto de presentimiento. Como si una extraña fuerza de la negación estuviera presente. Cécilien estaba absorto y árido en sus ojos, en lo que traducían, en la luz que convertía las cosas en cosas y las sombras en sombras, porque si de sombras se le habla, Cécilien sabía de ellas, habían parido su historia como quien engendra una palabra nueva.

Su rostro, su postura y su presentación frente al mundo, su mundo, era de una estatura en la que cada objeto tenía su historia y Cécilien sabía leerlas e interpretarlas con precisión de exegeta de texto religioso, sin más poder que la interpretación. Cécilien entendía que esa fue la forma de conformar el mundo, presentirlo y aceptarlo, por medio de los objetos que lo rodeaban; las sombras que creaban y las intenciones que depositaron sus dueños. Cada objeto para Cécilien se fue conformando en un trozo que escribía la historia de las emociones del mundo.

La historia de Cécilien Arnaud no fue fácil. Lo vemos en sus ojos, lo vemos e intuimos por su sonrisa entre el olvido y la desesperanza, pero aún mantenida en su forma orgánica. Lo vemos por su postura entre el reposo y la algarabía de lo que no fue. Por toda esa tristeza que tuvo que asimilar en silencio, lo sentimos por el movimiento de sus manos que a pesar de haber tocado cadáveres siguieron erguidas y de movimientos coherentes.

Cécilien Arnaud nació un 5 de septiembre de 1948 en Granville, Baja Normandia. Tiempos carniceros, tiempos de baja estima para los hombres y mujeres de Europa. La segunda guerra había terminado y la lenta reconstrucción ni siquiera se comparaba con las perdidas de los seres humanos, las huerfanías y lamentos de las ausencias las muertes, y las muertes emocionales de millones solo serían el inicio de un nuevo imperio de frustraciones. Cécilien, hijo de Armand Arnaud, uno de los seis habitantes de Granville llevados a Auschwitz por los alemanes en medio del conflicto. Su delito, ser uno de los comunistas de la villa. 

Pescador de costa, hombre férreo y de brazos largos de tanto estirar la red de pesca que llevaría el alimento a Cécilien. Al padre de Cécilien se lo llevaron en 1943 y al final de la guerra pudo volver a su íntima Normandia, ya no era el mismo y su derrota se posaba en cada segmento de su cuerpo. Conoció en 1946 a Jazmine, la que sería la futura madre de Cécilien. 

Jazmine no pudo ver el rostro de su hijo Cécilien, moriría en el parto que lo trajo al mundo; por lo tanto, Cécilien fue recibido por su padre que ya en un último acto de esperanza en la vida crió a Cécilien con las herramientas que pudo y con lo que el dolor y la pena le permitían acordar coherencia. Cécilien adquirió por herencia las habilidades en el mar que su padre le otorgaría, ambos de dialogo parco forjado por esa lejana frialdad adquirida por el terror y los cuartos obscuros, la cercanía de la muerte quedó inscrita en el rostro de Armand mientras miraba absorto desde la punta de la lancha que los llevaba frente a las costas inglesas para cazar el alimento y llevarlo a la otra orilla.

Cécilien se crió entre el mar, la orilla y el silencio de su padre, forjó su carácter desde esas zonas por lo tanto era de poca palabra y mucha observación, pequeñas conclusiones que iba tejiendo en silencio acerca de las condiciones de la vida, de los destinos y las ausencias que en el fondo de su corazón demolían a Cécilien en silencio. La carencia de su madre y el dolor de su padre conformaron lentamente el universo infantil de Cécilien, en calma, labrando cada tristeza como una tierra virgen y que solo la lejanía del horizonte marino que se confundía cada atardecer con el cielo azul intenso hacían pensar a Cécilien en la esperanza de otra tierra, de un Edén y redención sin saber explicarlo.

Cécilien en su ínfimo mundo, cada atardecer, cuando era el tiempo de regresar a casa, recogía algún objeto olvidado por alguien en las playas Normandas, una piedra, un vaso vacío, una llave olvidada, objetos olvidados, objetos perdidos que para Cécilien eran los tesoros de cada día; construía mediante ellos una galaxia de situaciones e hipótesis, tenia la certeza de que los sentimientos van y vienen, pero los objetos quedan, perduran con la terquedad de una pena, con la incalculable extrañeza de la tristeza, y Cécilien entendió que la historia del mundo estaba en las cosas, en los objetos y que el olvido de ellos o la perdida consciente e inconsciente de ellos eran solo una metáfora para entender la vida de otros que ya no estaban o esos otros que nunca fueron. Cécilien lentamente se fue convirtiendo en un recopilador de memorias, de inscripciones en las cosas, podía verlos e intuir su historia y a quien habían pertenecido. Extraño don fue forjando ya que el solo sabia que el mismo podía construir su propio relato en el mundo por medio de la historia de otros.

Así fue creciendo en esa extraña dimensión de recopilación de objetos; Cécilien día a día acercaba más y más su capacidad de leer e interpretar los objetos olvidados, poco a poco fue creando un sistema de aproximación a ellos, serenamente y sin apuro levantaba su estructura de objetos, la historia de los otros por medio de sus cosas y abandonos.

Armand murió de tristeza un primero de julio de 1969 y fue lo que gatillo el prurito de la emigración para Cécilien, viajando a Paris sin saber la razón ni las condiciones. Su historia apenas la podemos intuir; lo cierto es que se sabe que tuvo solo tres relaciones amorosas, cada una tan intensa como la breve vida consciente de Cécilien que hoy lo encontré en una casa de ancianos olvidados por el tiempo, como los objetos que recogía cada atardecer en la vieja Normandia…

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