Mamás de la primera línea latinoamericana

Escrito por: - 24 de febrero de 2022
Mamás de la primera línea latinoamericana

Resistir la ausencia

A dos años de la detención de sus hijos, son las madres de los presos de la Revuelta Social, quienes mantienen la lucha por la Ley de Indulto General ¿Cómo han vivido este proceso? ¿Quién repara a estas mujeres? Erica Riquelme, Nelva Santana y Paola Palomera nos cuentan.

Por Natalia Figueroa / Fotografías: Daniel Barahona

CHILE. Erica Riquelme Tranamil (60) es la madre de Francisco Hernández (22), conocido como “El Tablón”; vive en La Florida, es trabajadora de casa particular puertas adentro y comerciante en ferias libres. Nelva Santana Moreno (50), es madre de César Yáñez (28) y encargada de la enfermería de un liceo de La Cisterna, la comuna donde vive. Paola Palomera (54) es mamá de Nicolás Piña (35), conocido como “El Ingeniero”; es diseñadora y vive en la Población Juan Antonio Ríos, en Independencia. Las tres son madres de jóvenes acusados por delitos ocurridos durante la revuelta de octubre del 2019 y han llevado adelante el movimiento que exige una Ley de Indulto.

– Les pido a los senadores que hagan pronto las votaciones de las iniciativas del proyecto. Han pasado más de dos años y ya debieran seguir dilatando esto. Es nuestra salida política–, se escucha decir a Nelva Santana en un video difundido por redes sociales cuando su hijo salió a cumplir arresto domiciliario, después de 25 meses preso en Santiago 1, el 24 de diciembre de 2021.

La falta de pruebas contundentes ha llenado de dudas los procesos judiciales de sus hijos. A Francisco lo detuvieron el 10 de diciembre de 2019, a pocas cuadras de Plaza Dignidad, siendo condenado a cinco años y un día por lanzamiento de cinco bombas molotov, pese a que el test de hidrocarburos salió negativo. Hoy sigue en prisión preventiva en Colina 1, después de haber estado dos años en Santiago 1, a cuadras de la estación de metro Rondizzoni. Este cambio también ha significado viajes más largos para su familia y un desgaste mayor.

El mismo resultado tuvo el test hecho a Nicolás, detenido el 12 de febrero de 2021, en el Barrio Bellavista, imputado por lanzamiento de bombas molotov y homicidio frustrado contra Carabineros. Su madre fue testigo de su detención y de los golpes que le dieron porque, como cada viernes, iban juntos hasta Plaza Dignidad a manifestarse. También sigue encarcelado en Santiago 1.

César, en cambio, iba de regreso a su casa, junto a sus amigos Elías Cruz (24) y Jaime Lazo (25), cerca del paradero 20 de Gran Avenida, en La Cisterna, cuando de una camioneta blanca bajó un grupo de policías de civil. Los golpearon y llevaron detenidos hasta la 33° Comisaría en Ñuñoa.

La detención de sus hijos cambió drásticamente la vida de estas mujeres y de todo su entorno familiar. Las tres han enfrentado la falta de recursos para financiar un proceso judicial que se ha extendido por más de dos años, una de las mayores barreras para llevar adelante un proceso justo, donde es un privilegio pagar por un abogado particular durante esta cantidad de meses, para que les informe debidamente el proceso, los cambios, los tecnicismos legales. 

También reconocen que ha habido una doble condena para ellos, como si existiera de por sí un castigo mayor por tratarse de causas políticas.

– Si se trata de criminalidad. Los que cometen portonazos o venden drogas tienen muchas más posibilidades de estar en la calle que un preso de conciencia social. Hoy en Santiago 1 no hay Carabineros, no hay gente que haya arrancado ojos o agentes del Estado que estén siendo procesados–, insiste Paola Palomera.

El cumpleaños

Preparar la encomienda para sus hijos se ha convertido en el ritual de cada semana. Acompañada de su cuñada, Luis –su hijo mayor– y su pareja, Erica pone sobre la mesa la comida que le van a dejar a la cárcel donde se encuentra Francisco, todos los sábados por la mañana. A las encomiendas le dicen “el cumpleaños” porque el criterio que exige Gendarmería para ingresar la caja es que todo vaya separado según sea dulce o salado.

—Va todo metido en la misma bolsa, las bebidas, lo útiles de aseo, el shampú, el jabón, las prestobarbas, el desodorante, el cloro que le echamos para los chinches, dos bóxer, tres calcetas. Todas las semanas lo mismo— cuenta.

La preocupación de Erica es la mala nutrición de los jóvenes, al no permitir el ingreso de frutas, verduras o comida preparada.

El Fran debe estar chato de las ramitas porque antes le mandaba puras papas fritas, pero ahora son ramitas, las galletas de soda que le gustan a él y las Cracker para balancear lo dulce con lo salado— se escucha resignada.

También han podido llevarles algunos encargos especiales o compras colectivas, como una cortadora de pelo que pidió Francisco.

La pagaron entre todos porque hay un peluquero en el módulo y no les gustaba que les cortaran el pelo como paco— se ríe.

Aunque el ingreso a la cárcel es entre las 8:00 a 9:00 hrs, Erica sale desde su casa junto a Luis no más allá de las tres de la madrugada del sábado para tomar un puesto en la fila, afuera de la Penitenciaría, donde esperan junto a un centenar de familiares, con quienes arman fogatas para pasar el frío. Saluda con un abrazo a mamás, parejas, hermanas de presos tapadas con mantas que hablan sobre sus trabajos, se ríen, toman café y fuman para pasar las horas, olvidándose un rato de la angustia de estar ahí.

Después de compartir un rato, recorre la fila, buscando a otras mamás de la revuelta. Se encuentra con una y le abraza.

Aquí estamos le contesta a su saludo, apretando los labios y moviendo los hombros hacia arriba. Quedan de hablar cuando lleguen las otras madres. Para ellas reunirse ha significado construir un círculo de protección, en el que se van acercando a sus familias, a sus historias y el sostén frente a las crisis.

Como la mayoría de los sábados desde hace dos años, Erica ve un amanecer más a la salida de la cárcel. Ha ido aprendiendo los códigos de los Gendarmes, sabe qué cosas puede llevarle a su hijo, que la comida tiene que ir en varias bolsas por si las tiran o las patean. Destaca en Erica la fuerza para sobrellevar este proceso, consecuencia de la historia de Francisco. Así ha visto cómo funciona la justicia de clase y ha sentido, cómo armarse de paciencia, ya no es una opción.

La camiseta azul

Ordenar sus dormitorios, revisar sus cosas, mantener todo a la espera del regreso. Esa ha sido una de las formas de acompañarse a diario frente a la ausencia de sus hijos. Pero las tres se relacionan de manera distinta con estos espacios.

Erica mantiene la pieza de Francisco abierta, tal cual como él la dejó: con su tele, su ropa y sus trofeos. Sobre la cómoda sobresale una copa que ganó jugando fútbol, de ella brotan medallas de campeonatos comunales en los que destacó por su desplante en la cancha. Erica admite que antes, los fines de semana, poco y nada veía a Francisco: jugaba desde temprano en primera, en segunda y en tercera división. Su equipo se llama Los Picapiedras.

Cuando había un cumpleaños familiar le teníamos que pedir hora para que llegara, dice en tono de broma.

Emocionada abre los cajones, muestra las poleras que más le gustan a su hijo, como si estuviese probándose su propia ropa, y, en especial, una que usó en Brasil en un viaje que hicieron juntos, cuando jugó con el equipo de Cruzeiro, en Belo Horizonte. En las fotos de su celular, aparece Francisco pegado a la ventana del avión, saludando feliz; igual que en la cancha con su camiseta azul. 

Hawaii

A diferencia de Erica, Nelva prefiere no entrar a la pieza de su hijo que está al fondo del patio de su casa en La Cisterna. Sus amigos le decían “Hawaii” por los carretes que allí se armaban. Nelva cuenta anécdotas del lugar, pero lo mantiene con llave. Como el dolor.

¿Con qué prefieres recordarlo?

—Extraño sus risotadas de la nada, cuando cocinaba y lo veía por la ventana tocando toda la tarde guitarra o solo escuchar el guitarreo de lejos. Echo de menos cuando llegaba tarde, en la noche, con sus amigos a cocinar para el bajón. Se reían calladitos, pero sabía que estaban ahí—, dice Nelva.

Paola, en cambio, no vivía con su hijo Nicolás. Había pasado los últimos meses, antes de la detención, en la casa de sus abuelos, en Renca. Allá mantienen sus libros intactos, excepto los que le ha ido llevando Paola a la cárcel, para alimentar su pasión por la lectura. En su departamento de Independencia, tiene colgado un lienzo con una foto de su hijo que aparece sonriente, posando en un bosque. Su rostro cubre toda la pared del comedor.

Rifas y bingos

Organizar bingos para tratar enfermedades, mantener Centros de Adultos Mayores y costear un proceso judicial que implica abogados, traslado, trámites, comida. Organizar rifas para mantener las organizaciones que defienden los derechos de los presos.

Cuando le dijeron a Paola Palomera que debía pagar ocho millones (CLP), por la caución para el cambio de medida cautelar de su hijo, sintió impotencia y vergüenza. Se cuestionó no contar con ese dinero para volver a tenerlo en casa, con arresto domiciliario; sin libertad total, pero con la posibilidad de abrazarlo todos los días y que él pudiese ver a sus hijos. Dos millones (CLP) era posible pagar para ella y Nicolás. Todo ha salido de sus bolsillos.

– Al comienzo, a nuestro abogado le preguntaron cuál sería el monto por la caución. Le dijo dos millones de pesos, que era lo máximo que podíamos pagar. Era un monto razonable y alcanzable. La fiscal dijo que no, que sería de diez millones de pesos, argumentando que Nicolás era ingeniero, un profesional y tenía poder adquisitivo–, precisa Paola.

Hasta ahí habían organizado junto a otros familiares de Presos de la Revuelta un almuerzo solidario en casa de Nelva en La Cisterna. Tenían un plato de fondo: pollo asado con ensalada, que vendieron a $2.500 (CLP). Ella pegó carteles anunciando el evento en su casa, donde ordenaron el patio para poner un mesón y recibir, tanto a los familiares, como a quienes aportarían. Esa vez recaudaron poco más de $180.000 (CLP).

Sin sentirse cómoda, por la convocatoria para hacer este pago, Paola vio que no tenía otra alternativa. El nuevo monto, que ordenó el fiscal, excedía con creces su capacidad de pago y la de su familia. Pero fue la red colectiva de organizaciones y amigos de los presos, que la instaron a hacer una campaña de difusión por redes sociales para costear la caución de su hijo.

Con todos los reparos que tuvo, pero reconociendo un esfuerzo de todes, el evento se realizó y faltó poco menos de dos millones de pesos para recaudar el total que pidió el tribunal. Hicieron todo lo que estaba a su alcance. Paola y su familia estaban listos para recibir a Nicolás, pero la Corte de Apelaciones rechazó revertir la medida cautelar y deberán seguir insistiendo en la Corte Suprema. Frente a este nuevo desengaño de la justicia, lo primero que pensó Paola fue en devolver el dinero recaudado.

– Es la primera vez que paso por este proceso y dije: ‘Bueno, esa plata hay que devolverla porque no sirvió’. Entonces mi abogado me dijo: ‘¡Nooo, cálmate! No lo devuelvas porque la caución sigue corriendo ahora que vamos a la Corte Suprema’– recuerda. 

Frente a esa inexperiencia que relata Paola, las organizaciones históricas de Derechos Humanos les han aconsejado y abierto el camino para desarrollar estas actividades. Entonces, se preguntan ¿Y si no fuera por eso? ¿Qué garantías tiene un ciudadano sin privilegios económicos? ¿Es legítimo adquirir una deuda millonaria por conseguir una cuota de libertad? ¿Qué hacen para sobrellevar este desgaste físico, emocional y monetario? ¿Quién reparará a estas mujeres?

Ley de Indulto

Antes de que su hijo fuera detenido, Paola participaba en manifestaciones. En su casa se hablaba de política y reconoce que educó a Nicolás con conciencia de clase. Pero este fue un giro en la forma en que se relacionaba con la política. Reconoce que es la primera vez que ha tratado directamente con políticos, en que se ha involucrado hasta en el más mínimo detalle del asunto legal y ha estudiado las distintas miradas sobre la Ley de Indulto. Se ha dedicado con exclusividad al tema.

Hay mucha gente que no quiere conversar con políticos porque todas las leyes represivas fueron fortalecidas en desmedro de los chiquillos desde el 18 de octubre. Pero esto es trabajar con ellos, no negociar; es que nos escuchen porque este proyecto es una salida política—, afirma.

El gobierno saliente de Sebastián Piñera se ha enfocado en una mirada delictiva y criminal de los presos de la Revuelta, pese a que no hay víctimas asociadas a los hechos que se les imputan y que existe un contexto social insoslayable. Por otro lado, uno de los compromisos de campaña de Gabriel Boric fue el retiro de las querellas por Ley de Seguridad del Estado, que se reafirmó en el último encuentro que tuvo la Asamblea de Familiares de Presos Políticos, el jueves 13 de enero. Además, quedaron de gestionar un protocolo para mejorar la atención de salud en la cárcel Santiago 1.

En esa reunión participaron Giorgio Jackson (futuro ministro Secretario General de la Presidencia), Karol Cariola (diputada PC), Antonia Orellana (futura ministra de la Mujer y Equidad de Género) y Natalia Arévalo (abogada de la Unidad de Protección, Legislación y Justicia del INDH), contando también con la participación del Senador Ignacio Latorre, uno de los impulsores del proyecto y su asesor Cristian Níquel. Paola, que asistió representando a la organización que solo incluye a los jóvenes que se encuentran en prisión preventiva y no-condenados, ve que hay disponibilidad para avanzar y revisar todas las querellas que refieren a este tipo de delitos.

Durante el proceso, un momento quedó grabado en Paola. Fue la reunión del 29 de septiembre del 2021, con el fiscal nacional, Jorge Abbott. Tal vez, la muestra más viva de los prejuicios de género y de clase.

Cuatro mamás de los Presos de la Revuelta se conectaron a un Zoom con el fiscal y sus asesores, también junto a Jaime Fuentes –abogado y vocero de la agrupación– para revisar el avance de la Ley de Indulto, que comprende a aquellos jóvenes en proceso de investigación o en detención preventiva. Después de las presentaciones, Paola detalla que a esa fecha, 70 jóvenes se encontraban en prisión preventiva a nivel nacional. Así interpeló al fiscal:

Le quiero decir que el 90% de los jóvenes no tienen antecedentes y que les ocultan las carpetas investigativas. Si pudiéramos descomprimir eso, le daríamos más celeridad a todo el tema judicial ¿Qué me podría decir usted? (…) Me dijo que no tenía conocimiento y que lo ignoraba recuerda. Abbott se limitó a pedirles información para darles una respuesta. 

Creo que nunca se imaginó que nosotras estábamos muy bien informadas. Seguramente pensó que íbamos a ir a llorar y pedir por favor que liberaran a nuestros hijos. Pero no fue así y se sorprendió— cuenta Paola.  

Luchar en América Latina

Mujeres que salen con lienzos a marchar, que se encadenan y están dispuestas a hacer huelgas de hambre por sus familiares. Madres que piden a gritos justicia por sus hijos, que agotan todas las vías posibles de expresión y difusión para que sus casos no queden en el olvido. En América Latina, los levantamientos populares suscitados durante los últimos años –en Nicaragua contra el gobierno de Daniel Ortega, en 2018; en Ecuador contra Lenin Moreno, en 2019; en Colombia, contra el gobierno de Iván Duque en 2021–, han dejado cientos de jóvenes víctimas de la represión estatal, desaparición forzada y encarcelamiento.

COLOMBIA.- El Paro Nacional o Estallido Colombiano, llevó a millones de personas a manifestarse contra los proyectos de ley neoliberales presentados por el gobierno (reforma tributaria, sanitaria y de pensiones). En ese contexto es que se organizaron las “Mamás Primera Línea para dar respuesta a la represión de la policía hacia el pueblo. Son mujeres entre 19 y 40 años de edad, como detalla el diario colombiano El Espectador, que cuidaban a sus hijos y los ajenos, en el desarrollo de las protestas.

Ver tanto chico lesionado en el Portal fue lo que nos motivó. Hemos salido todas las noches y hacemos nuestra labor social. Ayudamos a las chicas a llegar a casa– contaron a ese medio.

MÉXICO.- Así también, las madres de los 43 jóvenes desaparecidos en Ayotzinapa, el 26 y 27 de septiembre de 2014, siguen exigiendo verdad y justicia. En diciembre de 2021, marcharon rumbo a la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México, donde realizaron una ceremonia religiosa por los que fueron hallados sin vida: Julio César Ramírez, Daniel Solís y Julio César Mondragón.

Blanca Luz Nava es madre del estudiante desaparecido Jorge Álvarez, del que muestra su rostro en un cartel que dice ‘Vivo se lo llevaron’: “Sigo levantando la voz por ellos, por mis asesinados, por mis masacrados, por los ejecutados y por los 43 desaparecidos que son hermanos también de mi hijo”, dijo durante la ceremonia.

Karinna Fernández, también representa a víctimas en causas internacionales, como en Colombia y Perú. Desde su experiencia ha visto que, cuando se trata de visibilizar las violaciones a derechos humanos, en general, vienen de grupos de mujeres, donde hay mayor facilidad para articularse ante situaciones de emergencia. También reconoce un fenómeno común:

– “Estas situaciones generan que las personas se conviertan en defensoras de Derechos Humanos. Esa transformación a veces es más fácil para las mujeres interiorizarlo y tomarlo como una forma de lucha”– plantea. 

Frente a las violaciones de Derechos Humanos, las mujeres latinoamericanas han impulsado importantes movimientos de búsqueda de verdad, justicia y reparación, como la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, con su presidenta Lorena Pizarro y, en Argentina, encontramos a las Abuelas de Plaza de Mayo, con Estela de Carlotto. Redes que se han ido tejiendo en la región, que han seguido sus hijas y nietas, en una lucha irrenunciable.

En distintas latitudes del continente, las revueltas han desatado la violencia y represión institucional, pegando en lo más profundo de las familias de aquellos jóvenes que se rebelaron contra el sistema neoliberal y la mercantilización de los derechos básicos, exigiendo una vida digna. Sus familias, todas de clase trabajadora, no descansarán hasta obtener justicia. Siendo, el tesón de las madres y su lucha invisibilizada por los medios, lo que las lleva a liderar estos movimientos de justicia en primera línea, tomando la voz para defender las reivindicaciones latinoamericanas del pueblo. Son quienes, luego de un arduo día de trabajo, locomoción pública de por medio, tareas de cuidado doméstico, encarnan la frase de “El pueblo ayuda al pueblo”, levantando carteles que claman por sus hijos desaparecidos, exigiendo justicia y/o una Ley de Indulto. Mujeres que reparten sus jornadas entre las responsabilidades asociadas a la maternidad y al activismo en DDHH, que tejen redes solidarias internacionales y resisten a la ausencia de sus hijes, entre marchas, bingos, dormitorios vacíos e insistentes campañas de redes sociales. Levantando la voz frente al poder.