Ollas comunes: fogones que salvan vidas en América Latina

Escrito por: - 18 de mayo de 2022
Ollas comunes: fogones que salvan vidas en América Latina

La solidaridad y el trabajo comunitario fueron la respuesta desesperada de vecinos latinoamericanos que vieron empeorada su situación de desempleo y hambre con la Pandemia del covid 19. Las ollas comunitarias se han tomado los escenarios políticos y sociales en las poblaciones más desfavorecidas. Así responde la gente a una situación estructural donde la acción de los gobiernos es ineficaz. 

Por Alejandra Ceballos 

Hay una romantización de la pobreza en la que nosotros no queremos caer. O sea, la pobreza no es linda, las ollas comunes no son lindas. Sí, son solidarias, muy bien. Pero la pobreza es ruda, detrás de este fenómeno hay gente que pierde su orgullo y tiene que ir a pedir comida. Eso es lo que no se ve dice Paloma Ahumada, de manera contundente mientras habla de los procesos organizativos y barriales que se han gestado en América Latina desde el inicio de la pandemia. Es socióloga y la coordinadora de @ComunOlla, una cuenta de Twitter que –en Chile– sirve de puente entre donantes, organizaciones sociales y también las ollas entre sí. 

Entre el 15 y el 25 de marzo de 2020, la mayoría de países de América Latina comenzaron la fase de cuarentena obligatoria como respuesta a la pandemia del Covid. Las restricciones de movilidad que se extenderían por meses, causaron graves consecuencias en la economía, la salud mental y el orden público en países cuya sociedad ya venía fracturada. Esto, sin mencionar que la curva de contagios tardó mucho más en aplanarse que en otros territorios. La emergencia sanitaria puso de manifiesto las desigualdades, la incapacidad de gestión, el abandono estatal y la informalidad laboral cercana al 40% en toda la región. 

Signos del hambre

Trapos rojos en las puertas y ventanas de las zonas más vulnerables de Colombia; banderas blancas en barrios de Perú; bandas criminales imponiendo cuarentenas en las favelas de Brasil; costureros comunitarios para elaborar cubrebocas: personas buscando cómo sobrevivir. Donaciones, grupos de Facebook, cadenas de WhatsApp, remedios caseros que circulaban en redes y organizaciones solidarias autogestionadas. 

Los vecinos de las ciudades más pobladas del continente empezaron a organizarse en ollas comunes para atender a los más necesitados. El fenómeno –que resurge durante períodos de shock político, social y económico– ha sido parte de los hitos históricos del mundo, desde la gran depresión en Estados Unidos, pasando por las dictaduras del Cono Sur, hasta los últimos estallidos sociales en Colombia y Chile, volviéndose una respuesta solidaria al hambre que se agudizó con la pandemia. 

Hablamos de 500 ollas reconocidas en Buenos Aires, 700 en Uruguay, 900 en Perú, 490 en Chile, 243 en Cali, Colombia y todas las que se quedaron sin contabilizar debido a la informalidad de las mismas. El tema, sin embargo, se volvió recurrente en redes sociales y búsquedas de Google. No son comedores organizados, sino el impulso de vecinos que un día se levantan y deciden ayudar a quienes están en una situación similar o peor a la suya. 

Evolución de las ollas comunitarias:

En América Latina casi 59 millones de personas están subalimentadas y 92.8 millones están en riesgo de inseguridad alimentaria grave según los datos de la FAO en su informe Panorama regional de la seguridad alimentaria y nutrición 2021. La pandemia puso de manifiesto un problema lento y silencioso anunciado desde 2014 por la OIT: más de 140 millones de personas que se consideraban empleadas, tenían puestos informales y sin garantía alguna. El aislamiento obligatorio, que implicó la imposibilidad de salir para muchos, significó también, la de trabajar y adquirir recursos para subsistir en países donde los subsidios estatales tardaron meses en llegar o bien, nunca lo hicieron. 

Vecinos organizados

El 6 de marzo de 2020 se habló de manera oficial del primer caso de Covid en América Latina, se reportó en Brasil. Los diferentes gobiernos de la región establecerían medidas más o menos estrictas de confinamiento para una situación que se extendió más de lo que todos esperábamos.

El 15 cerraron todo y nosotros empezamos el 28 de marzo… reuniendo con las demás vecinas un poco de víveres que teníamos en casa. Prestamos utensilios, juntamos todos los víveres que podíamos traer de casa. Armamos una olla y cocinamos Quaker (avena) para los niñosrelata María Jara, de la olla común Killari en Lima. 

Se valieron de donaciones conseguidas a través de redes sociales y de jornadas de recuperación de alimentos. Se quedaron sin empleo y los niños sin la escuela, que muchas veces era el espacio que les garantizaba la seguridad alimentaria. Así que se hicieron cargo –primero por unos días– pero el confinamiento se extendió y las consecuencias cada vez fueron mayores.

“Hay muchos vecinos a los que nos ha dejado muy mal esta pandemia. Hay madres solteras, niños que han quedado huérfanos, ancianos, personas sin trabajo. No contamos con luz, agua, ni desagüe. Todo eso nos ha afectado demasiado, porque están esperanzados en la ollita común, relata Jara. Entre 2014 y 2019, incluso antes de la pandemia, había incrementado en 36 millones el número de personas con inseguridad alimentaria moderada o grave en el continente por cuestiones económicas. Con la pandemia, se sumaron 60 millones de personas que no tuvieron acceso a alimentos en algún momento del año. 

Incremento de la inseguridad alimentaria y la subalimentación:

En este contexto y luego de verse sin trabajo, Manuel Vásquez se organizó junto con su hermano Pablo para llevar comida a los más necesitados de su barrio en Santiago de Chile. Santa Anita, antes conocida como Che Guevara, es una población caracterizada por la cohesión social forjada entre todos desde el momento que se establecieron en una toma de terreno en 1970. Actualmente cuenta con una fuerte organización vecinal y la emergencia de la pandemia no fue la excepción. 

Vásquez –que trabajaba como cocinero– sabía a la perfección de las necesidades sanitarias para garantizar el no contagio entre los vecinos y los voluntarios. Así que, en lugar de servir en recipientes de cada vecino, utilizaron envases desechables empacados en bolsas plásticas.  “Lo poníamos en una mesa afuera y ahí la persona lo tomaba, de forma que nunca tuviéramos contacto y nos sirvió mucho, porque no hubo contagios de Covid relacionados con la olla, relata Pablo. 

Comer y resistir

La olla Che Guevara comenzó en un salón social del barrio, atendiendo 70 personas. Liderados por Pablo y Manuel, se reunieron el día antes para dejar listos los ingredientes y adelantar tareas. El 25 de mayo, a las 10:00 hrs comenzaron las actividades en la cocina y cerca de las 15:00 hrs repartieron el último plato de comida, dejando un poco para los cocineros y voluntarios. “También comíamos todos de lo mismo… no era limitarse a entregar un plato de comida sino a generar lazos y que la gente conversara”, resalta pensando en su país, en lo silenciosos que son respecto a otras personas de Latinoamérica y en lo escondida que había estado el hambre hasta el estallido del 18-O. 

Chile es un país súper encerrado, desde siempre. Entonces la gente vive mucho de su manera, que la vean bien. Después del 18 de octubre todo Chile salió a la calle a abrazarse a decirse ‘oye, todos tenemos problemas económicos’. Ahí se armaron las primeras ollas comunes, como también salieron los primeros campamentos, que fue gente que no tenía donde vivir”, recuerda Paloma Ahumada, pensando en la Revuelta Social que respondió a años de desigualdad. “Es muy fuerte la realidad chilena que se esconde tras un exitismo completamente falso y que para el Estallido, como que salió todo pa´fuera. Como que la gente dijo ‘puta, sí, no puedo llegar a fin de mes’ o ‘tengo depresión’«, relata la socióloga.

Se gestaron nuevos lazos sociales y se expuso una realidad que antes era invisible, sin embargo, la pandemia lo paralizó todo. El miedo al contagio y las órdenes de confinamiento silenciaron el descontento. Pero el hambre no se puede silenciar. Los trabajadores informales y los que dependían de la calle para subsistir, quedaron a su propia suerte. 

Paloma Ahumada y sus compañeros del El Bosque se dieron la tarea de localizar las ollas cercanas y canalizar las donaciones. Comenzaron con 2, pasaron a 20 la primera semana, después 100 y llegaron a tener 490 ollas localizadas en todo el país, desde el desierto hasta el sur, incluyendo dos ollas en la poblaciones de Isla de Pascua. 

Desde entonces, y con el recrudecimiento de los problemas que generó el confinamiento, muchas ollas, que surgieron como una cosa temporal, se han convertido en organizaciones vecinales permanentes e incluso movimientos políticos, porque, como afirma Pablo Vásquez: “El hambre no es un tema caritativo. Aquí no estamos hablando de algo que pasa por un día que no tenía para comer, sino que la mala alimentación en Chile y en Latinoamérica es una realidad y una realidad que es política. La gente se alimenta mal porque la comida es muy cara y los recursos muchas veces, por los mismos engaños del sistema, están puestos en otro lugar. Así que muchas veces se prioriza el consumo de otras cosas que no son imprescindibles, pero la gente deja de comer. O sea la diferencia entre la alimentación de una persona rica y una persona pobre en Chile, es tremenda respecto a calidad”. 

Eso, en el mejor de los escenarios y pudiendo salir a trabajar, algo a lo que muchos no tuvieron acceso. Dana Dávila y Paola Gonzáles lo tenían claro: “Si todo está cerrado, si ellos -los habitantes de calle- comen de la basura, si ellos le piden a la gente para poder alimentarse, y no hay nadie, absolutamente nadie en la calle, ¿cómo van a hacer?, Paola parafrasea sus pensamientos recordando la primera vez que decidió salir a ayudar a los más necesitados en medio del confinamiento.

 

Dana es vendedora informal de jugos en una avenida principal en Cali, Colombia y, junto con Paola –su amiga de toda la vida– salieron el 21 de marzo a repartir refrigerios y jugo de naranja a las personas sin hogar del sector donde solían trabajar. Luego comenzaron a hacerlo en las plazas principales de la ciudad y, al ver la cantidad de gente que cumplía la misma función que ellas, cambiaron su localización y empezaron a moverse hacia los barrios más populares. “La idea es darle a todo el mundo, pero cuando uno llega a estos lugares, es desbordante. Uno no puede tener cálculo de cuántos son –porque son muchísimos– entonces le dábamos a los niños y, si nos sobraba, le dábamos a los abuelitos, a los papás y a las demás personas”, rememora Dávila. 

Así fue creciendo su proyecto @La_OllaRodante, que evolucionó hasta ofrecer más de 14.000 almuerzos en un solo día en medio del Paro Nacional en Colombia, que comenzó el 28 de abril de 2021, cuando la ciudadanía reaccionó ante la posibilidad del aumento del IVA, con un movimiento social del que todavía hay organizaciones vigentes. 

Pasaron de tener sus propias ollas a trabajar en conjunto en la Asamblea Nacional Popular. Ya no cocinaban una vez al día en eventos organizados, sino que empezaron a ofrecer desayunos, almuerzos y cenas a personas en el campamento de cinco días de la Universidad del Valle, donde diferentes colectivos, sindicatos y movimientos ciudadanos llegaron con la intención de que su voz fuera escuchada en Cali, el epicentro de la violencia que se vivió por esos días. 

Fue también el caso de @FuegoPopular, un grupo de estudiantes de Manizales que se organizaron durante el paro para sumar su voz a los ciudadanos indignados y que actualmente continúan con una labor educativa, política y social, donde la comida es una excusa para estar juntos y formarse. La olla tiene un significado pedagógico impresionante. Es un error pensar que sólo vamos a un barrio a dar comida y a devolvernos. Eso lo puede hacer cualquier político, nosotros lo que estamos intentando hacer es llevar un conocimiento y enseñarle a la gente a resistir, afirma Ricardo Arias de Fuego Popular

Los brazos abiertos y la olla llena

Luego de dos años de pandemia la incertidumbre continúa, las variantes del virus siguen existiendo y la recuperación de la crisis, al menos en América Latina, será lenta. De acuerdo con los datos de la CEPAL, puede que tardemos hasta el 2024 en recuperar números anteriores al Covid en términos económicos y laborales. 

Pero ya no hace ruido. Los vecinos volvieron a trabajar y el hambre dejó de ser portada en los periódicos. Entre tanto, las ollas más estructurales siguen haciendo su trabajo. “La idea ahora, independientemente de si es necesario o no continuar la olla, es que esos lazos y esas actividades se mantengan (…) Seguimos haciendo actividades culturales, de apoyo. La idea es que esto se mantenga con el objetivo de generar tejido social y comunidad”, dice Pablo Vásquez. 

Ellos, en Chile; Killari en Perú, Fuego Popular en Manizales y La Olla rodante de Cali, resisten. Siguen presentes para los vecinos, para conversar con la señora que se acerca a ayudar, para hablar de soberanía alimentaria y para incomodar con su presencia a quienes se niegan a ver una realidad que golpea al 41% de la población del continente. A pesar de estar en países diferentes, quieren casi al unísono, que la gente mire lo que se niega a mirar, que hablemos de desigualdades, de inflación, de precios altos, de abandono estatal, de indiferencia y de los costes del hambre. 

Además, el valor de los alimentos sigue subiendo. En Chile, por ejemplo, un kilo de carne cuesta un sexto del salario mínimo. Es verdad, el valor de los alimentos se ha incrementado demasiado. Cerramos el 2021 con la libra de papas a 600 COL; y hoy, está a 2000 COL”, cuenta Dana desde Cali. Es decir, el kilo de papa costaba 30 céntimos de dólar y ahora está costando 1 USD. 

Entonces, así hayan vuelto a trabajar muchos, el estrés continúa. “El hambre te destruye psicológicamente. Siendo por ejemplo, mamá o papá, ver a tu hijo, la desesperación de ver que a lo mejor salvaste con el desayuno, o el almuerzo, pero no sabes qué darle mañana es un agote psicológico permanente”, acota Paloma Ahumada. Los mismos vecinos han regresado al trabajo o al “rebusque”, como dirían en Colombia. Pero eso no impide que las ollas continúen su labor, de hecho, es una razón más para seguir apoyando a quienes lo necesitan. “Se quedaron las ollas que están trabajando con adultos mayores (…) y creo que van a seguir persistiendo, porque el adulto mayor es una persona que no vuelve a trabajar y esa pobreza se vio; los vecinos empezaron a ayudar y  esa ayuda no va a parar”, reflexiona Ahumada. 

Así que toca hacer rifas, valerse de redes sociales, de la ayuda de otras ollas, de la gestión propia o de las “bendiciones”, como dicen Dana y Paola. Porque al final, ese mismo impulso del principio es lo que mantiene vivo un ejercicio que no aporta ningún beneficio para el que es incapaz de mirar con ojos de esperanza. Dar de lo que se tiene es crecer. Y cuando yo digo dar de lo que se tiene, es dar de nuestra esencia y de lo de adentro. Lo que nosotras dedicamos y aportamos es calidad de tiempo y mucho amor”, dice desde Cali.  

La sabiduría de las abuelas, las ollas prestadas de las señoras del barrio, la leña conseguida por los vecinos, el fuego, el agua, el vapor. Todo se mezcla en medio de una distopía extraña donde el hambre existe, pero el espíritu solidario de quienes quieren un país mejor, siguen sosteniendo una iniciativa cuya única recompensa es personal. Las ollas siguen existiendo, algunas de manera itinerante, otras más políticas y sociales. Lo cierto es que no es linda el hambre, pero sí es esperanzador pensar que en estos momentos de crisis, violencia e incertidumbre, están quienes sostienen, protegen y se enfrentan a la realidad con arte, cucharas de palo y mucho sabor. Hay quienes, en cualquier lugar del continente, te dicen: “por acá te esperamos con los brazos abiertos y con la olla llena”.